Desplazamiento de la infancia en Colombia

Sofia Perez, Bogotá  

Según la ONU, un desplazado interno es alguien que es forzado a dejar su hogar, pero que se mantiene dentro de las fronteras de su país. Las causas más frecuentes para que se propicie este fenómeno son la violencia generalizada, los conflictos armados y las violaciones a los derechos humanos. En muchos casos, los desplazados son amparados por su gobierno y en otros, el mismo gobierno es causante del desplazamiento.1

Esta es una definición a tener en cuenta si se habla de Colombia ya que, en 2015, Colombia conservó el deshonroso título del segundo país con más desplazados internos (6.044. 200 de personas) en todo el mundo.2 Este fenómeno no sólo afecta a millones de adultos, sino también a miles de niños y niñas colombianos. Con el fin de conocer más al respecto y haciendo énfasis en la vida de estas familias después de abandonar sus hogares y  las secuelas que este hecho dejó, entrevistamos a  una pareja de hermanos de un colegio distrital de la ciudad de Pereira, con una historia de desplazamiento forzado que tuvo lugar en enero del 2016. Cabe resaltar, que por petición de los padres y de los mismos menores, todos los nombres fueron modificados y no se obtuvo ninguna autorización de publicar imágenes de ninguno de ellos, con el fin de proteger la seguridad de éstos.

A continuación, la historia relatada por los hermanos Juan y Lucía, de 15 y 16 años respectivamente, nacidos en San Marino, Chocó. Debido a que pertenecen a la etnia de los Embera no hablan muy bien el español; por esta razón, algunas palabras fueron modificadas para facilitar la comprensión.

“Nosotros vivíamos en una finca por San Marino, Bagadó, en el Chocó- cuenta Lucía-. Teníamos una casita de madera. Mi mamá trabajaba como madre comunitaria. Íbamos al colegio y nos demorábamos cuatro horas caminando de la finca al colegio porque no había transporte. Era un día martes cuando volvíamos del colegio a la casa y a mitad de camino nos encontramos dos muchachos y una mujer armados. Yo pensé que eran policías, pero en realidad no lo eran, eran de los grupos armados. Uno de ellos me preguntó: ustedes para dónde van? Yo le dije: estábamos estudiando y acabamos de salir, vamos para la casa. Me dijo: quieren ir con nosotros? Y yo le dije: no podemos porque estamos estudiando. Entonces empecé a llorar porque estaba asustada y creí que me iban a matar. Nos cogieron a los dos, nos taparon la cara, nos amarraron y nos llevaron como cinco horas caminando.Yo llegué a un campamento abierto y no sabía para donde se habían llevado a mi hermanito. Ahí me volvieron a aporrear con el arma.

A mí me llevaron a otro campamento- cuenta Juan- me decían: usted quiere estar en este grupo? Y yo les decía que no porque ese grupo era muy peligroso. A mí también me aporrearon.

Entonces se armó una pelea- continúa Juan- y yo aproveché y le pregunté a un señor dónde estaba mi hermana y me dijo que por allá atrás. Yo vi que para allá iban muchos de ellos. En el piso vi un machete tirado y lo cogí y me desamarré y seguí a los que iban para la parte de atrás. Encontré otro campamento y ahí estaba mi hermana amarrada. La desamarré y salimos corriendo.

Llegamos a un pueblo- cuenta Lucía- y encontramos una señora que nos mostró el camino a la finca porque estábamos perdidos. Estábamos a cuatro horas. La señora nos dio azúcar, panela y una  linterna y nos fuimos solos. Llegamos como a las diez de la noche. Mi mamá estaba muy preocupada. Llamó a la señora que nos había ayudado porque ella nos había dado el número, y ésta le dijo que teníamos que abrirnos de ahí, que nos estaban buscando. Mi mamá dijo que cogiéramos lo que pudiéramos y nos vinimos a Pereira. Dejamos todo, la casita, los animales… Cuando llegamos nos tocó dormir una noche en la calle. Después una señora nos dijo que fuéramos a Desplazados. Allá nos ubicaron en un hogar de paso.

Acá estamos contentos-dice Juan- estamos estudiando y es tranquilo. Allá en el campo hay muchos de ellos y es peligroso. Cuando tenía diez años a mi papá lo mataron esos grupos. Salió a cazar un día y no volvió, cuando fuimos a buscarlo lo encontramos muerto.”

 

Por increíble que parezca, esta desgarradora historia tuvo lugar hace poco. Lucía, Juan y su familia, llegaron a Pereira el 18 de enero de 2016.

 

A pesar de que hay miles de historias como ésta, en Colombia, el desplazamiento forzado se ha visto fuertemente vinculado con la impunidad, tal como indica el informe “Una nación desplazada”, del Centro Nacional de Memoria Histórica. En efecto, hasta el 2014, se encontraban sólo 14.612 investigaciones activas por desplazamiento en la Fiscalía General de la Nación, lo que representa una cifra muy baja frente a la importancia de este fenómeno en el territorio nacional. Esto se explica, en parte, porque el éxodo forzado en Colombia se ha visto durante mucho tiempo como un efecto colateral del conflicto y no ha tenido la misma importancia que delitos como homicidio o desaparición forzada en las condenas contra actores armados. Sólo hasta comienzos de este siglo, comenzó “un largo proceso de lucha institucional por visibilizar la magnitud del fenómeno y dimensionar su impacto a nivel nacional”, señala el informe del CNMH, sobre todo con la sentencia T-025 de 2004 de la Corte Constitucional. Además, a través de la política de Verdad, Justicia y Reparación de 2009, el Estado por fin definió una línea de acción para investigar las causas y los motivos del desplazamiento y, por encima de todo, los responsables y quienes se han beneficiado con ello.

Por otra parte, muchos desplazados tuvieron, o incluso continúan teniendo, unas condiciones de vida muy difíciles. Según una encuesta del DANE realizada para la Unidad de Víctimas, en la que se buscó saber las condiciones actuales de la población despojada, seis de cada diez desplazados viven en la pobreza y tres de cada diez en la pobreza extrema. La encuesta fue hecha a 27.272 hogares y 112.406 víctimas de desplazamiento y reveló que el 33% de los encuestados vive en la pobreza extrema. Además, el estudio refleja que sólo el 19,5% de las familias tiene una vivienda digna. La mayoría de víctimas con vivienda digna se encuentra en Antioquia (33%) y en donde hay más necesidades es en la Costa Pacifica (8%). Finalmente, la encuesta revela que, según los estándares de la Escala Latinoamericana Caribeña de Seguridad Alimentaria, seis de cada diez personas desplazadas sufren inseguridad alimentaria severa y sólo el 8% tienen asegurados los alimentos.4

El Gobierno tiene entonces un gran compromiso con esta población, a menudo olvidada.A través de historias tan tristes como ésta, podemos aprender un poco más sobre esa Colombia de guerra infinita, en la cual el desplazamiento dejó secuelas imborrables. A pesar de que es en el campo donde se encuentra el verdadero desafío de la Paz, muchas víctimas, como esos dos niños, no tuvieron un lugar central en las negociaciones y por lo tanto no ven todavía las reparaciones que les corresponden.

Bibliografía:
Agencia de la ONU para los Refugiados ACNUR. 1
Semana, versión digital. 2
El Espectador, versión digital/CNMH. 3
El Tiempo, versión digital. 4

Selon l’ONU, une personne déplacée est quelqu’un qui est forcé de quitter son domicile, mais reste à l’intérieur des frontières de son pays. Les causes les plus fréquentes de ce phénomène sont la violence généralisée, les conflits armés et les violations des Droits de l’Homme. Dans de nombreux cas, les personnes déplacées sont protégés par leur gouvernement mais dans d’autres, le gouvernement lui-même est à l’origine du déplacement.1

Cette définition est à considérer si vous parlez de Colombie vu que, en 2015, la Colombie a conservé le titre déshonorant du deuxième pays avec le plus grand nombre de personnes déplacées (6.044. 200 personnes) dans le monde entier.2 Ce phénomène ne concerne pas seulement des milliers d’adultes, mais aussi des milliers d’enfants colombiens. Pour en savoir plus à propos de ce sujet et en se centrant sur la vie de ces familles après avoir été obligées de quitter leurs maisons et les conséquences que cet évènement a provoqué, j’ai  interviewé deux frères d’une école publique de la ville de Pereira, avec une histoire de déplacement forcé qui a eu lieu en Janvier 2016. Il convient de noter que, à la demande des parents et des enfants eux-mêmes, tous les noms ont été changés et aucune autorisation d’afficher des images d’eux n’a été obtenue, afin de protéger leur sécurité.

Ensuite, l’histoire racontée par les frères Juan et Lucia, de 15 et 16 ans respectivement, né à Saint-Marin, Chocó. Vu qu’ils appartiennent à l’ethnie des Embera ils ne parlent pas très bien l’espagnol. C’est pourquoi, certains mots ont été modifiés pour faciliter la compréhension.

« Nous habitions dans une ferme à Saint-Marin, Bagadó, au Chocó- raconte Lucia-. Nous avions une petite maison en bois. Ma mère travaillait comme mère communautaire. Nous allions à l’école qui était à quatre heures de marche de la ferme puisqu’il n’y avait pas de transport. C’était mardi lorsque nous sommes rentrés de l’école et à mi-chemin, nous avons retrouvé deux garçons et une femme armés. Je pensais qu’ils étaient des policiers, mais en réalité, ils étaient des groupes armés. L’un d’eux m’a demandé: vous allez où? J’ai dit que nous étions à l’école et on revenait chez nous. Il m’a dit: vous voulez partir avec nous? J’ai répondu:non parce que nous sommes en train d’étudier. Puis j’ai commencé à pleurer parce que j’avais peur et je pensais qu’ils allaient nous tuer. Ils nous ont pris tous les deux, nous ont couvert le visage, ligoté et nous avons marché à peu près pendant cinq heures. Je suis arrivé dans un camp ouvert et je ne savais pas où était mon frère. Ils m’ont à nouveau battu avec le fusil.

Ils m’ont emmené dans un autre camp – raconte Juan- ils m’ont dit: vous voulez être dans ce groupe? Et je leur ai répondu que non parce que ce groupe était très dangereux. Ils m’ont alors battu avec le fusil.
C’est alors qu’un combat s’est formé – continue Juan-  j’ai profité pour demander à un homme où était ma sœur et il m’a dit qu’elle était dans le camp de derrière. J’ai vu qu’il y avait beaucoup d’entre eux qui se dirigeaient dans cette direction. l’homme en position couchée a  ramassé la machette, m’a délié et suivi ceux qui sont allés à l’arrière. J’ai trouvé un autre camp et il y avait ma sœur liée. Nous l’avons déliée et nous avons couru.

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